
Hace más de un año tuve el gusto de conocer al poeta guatemalteco Alan Mills (1979), en ese entonces su estadía en México correspondía a su participación en "Estoy afuera" Encuentro de poetas jóvenes hispanoamericanos; coincidentemente editorial Praxis estaba sacando su tercer poemarío Poemas sensibles (2005). Encontrar a Mills supuso varias charlas enriquecedoras acerca de la poesía latinoamericana actual y desde luego de la de nuestros respectivos países, a la vez que descubrimos una afinidad en cuanto a un tipo de poesía de corte social, de hecho Poemas sensibles es un libro eminentemente social. Ahora les dejo unos comentarios sobre este libro que se desprenden de una reseña que escribí hace unos meses, y también les dejo unos poemas.
Al leer el título de este libro podríamos llegar a la conclusión de que resulta ambiguo e inocente. Si partimos de la base de que todo poema puede ser sensible o al menos debería contener una dosis de sensibilidad, ¿qué clase de título es este para un libro de poemas?, ¿qué ingenuo principiante trata de tomarnos el pelo? Ante la abundancia de títulos que intentan arrebatar la atención del lector o simulan profundidad o hermetismo, la rúbrica Poemas sensibles parece más una inocentada de poeta novato que un acierto o un ejemplo de sencillez. Sin embargo, lejos del prejuicio de ingenuidad, este título trae a la mesa de discusión un tema que pareciera no ser tema y mucho menos un asunto a resolver: la incapacidad de sentir. Y no sólo la incapacidad de sentir o ser sensibles como seres humanos ante las cosas que nos rodean, sino también a la incapacidad de ser sensibles como poetas ante el desgarramiento de su especie y su medio ambiente. La denuncia de este título es directa, sencilla, pero a la vez profunda. Estos poemas a diferencia de otros o de la mayoría, en la actualidad, sí son sensibles a este desgarramiento:
Hay que ver que no se use
ningún material extraño,
así, si quiere hablarse de niños
reventados contra los árboles,
habrá que decirlo sin omitir la sangre
escurriendo las cortezas;
no vale la pena desbancar dolor
por ideas, mejor apresar la hinchazón
nerviosa que traen los ramalazos;
no meter palabra y palabra
donde el plomo sabrá armar su vacío.
así, si quiere hablarse de niños
reventados contra los árboles,
habrá que decirlo sin omitir la sangre
escurriendo las cortezas;
no vale la pena desbancar dolor
por ideas, mejor apresar la hinchazón
nerviosa que traen los ramalazos;
no meter palabra y palabra
donde el plomo sabrá armar su vacío.
Este poema, el primero del libro, es una declaración de principios que resulta una fuerte crítica no sólo a aquellos autores que han guardado silencio sobre el mundo que los rodea o aquellos que viven en el confort del cinismo, sino también a aquellos que han terminado por “desbancar dolor por ideas”. Alan Mills (Guatemala, 1979), uno de los poetas guatemaltecos más destacados en la actualidad, plantea con este libro dos preguntas complicadas: ¿la poesía actual es sensible? y si lo es: ¿con quién está siendo sensible? En 1945, en el ensayo La función social de la poesía, T. S. Eliot apuntó: “Podemos decir que el compromiso del poeta, como poeta, con el pueblo es sólo indirecto. El compromiso directo es con su lengua, primero para preservarla y, segundo, para difundirla y enriquecerla. Al expresar lo que otra gente siente también está transformando el sentimiento al hacerlo más consciente; hace a la gente aún más consciente de lo que siente enseñándose, así, algo sobre sí misma”. Lo escrito por Eliot sería una buena respuesta a las preguntas que plantea Alan Mills. Podríamos contestar que la poesía es sensible porque expresa lo que el resto de la gente siente, y que por lo mismo es sensible con toda la humanidad. Sin embargo, hoy en día, los poetas se limitan a tender compromisos con su lengua, sólo así se explicaría la explosión demográfica de poemas que se regodean en el juego del lenguaje, o se dedican exclusivamente al sufrimiento personal que no terminan de convertirlo en colectivo. De esta forma, podríamos responder que la sensibilidad del poeta para expresar lo que la demás gente siente no se cumple en la actualidad y en ese aspecto la poesía puede considerarse no sensible.
Así pues, el título de este libro, en apariencia ingenuo, resulta altamente incómodo, ya que nos recuerda que el poeta no se debe solamente así mismo, sino que también se debe a los demás; y así como expresa el sentir individual, también debe expresar el sentir colectivo. En Poemas sensibles, Alan Mills manifiesta estos dos sentires con un tono de absoluta decepción, la misma clase de decepción a la que ha sido arrinconada la mayoría de nuestros congéneres. Sin embargo, estos poemas no se estacionan en la desolación, sino que apelan a la reflexión del lector, a veces de forma sutil y otras tantas de forma más áspera.
Así pues, el título de este libro, en apariencia ingenuo, resulta altamente incómodo, ya que nos recuerda que el poeta no se debe solamente así mismo, sino que también se debe a los demás; y así como expresa el sentir individual, también debe expresar el sentir colectivo. En Poemas sensibles, Alan Mills manifiesta estos dos sentires con un tono de absoluta decepción, la misma clase de decepción a la que ha sido arrinconada la mayoría de nuestros congéneres. Sin embargo, estos poemas no se estacionan en la desolación, sino que apelan a la reflexión del lector, a veces de forma sutil y otras tantas de forma más áspera.
El indio no es el que mira usted
en el catálogo de turismo,
cargando bultos
o llevándole comida a la mesa.
Tampoco el que ve desde la ventanilla
y pide monedas haciendo malabares,
ni el que habla una lengua muy otra
y resiste fríos nocturnos.
No, el indio está adentro,
y a veces se le sale, acéptelo,
aunque lo entierre en apellidos,
aunque lo socave bien
y niegue su manchita de infancia,
ahí está, acéptelo.
Y si aparece esa agua rancia,
voraz, el aguardiente que inflama,
ya verá que se le sale,
el indio empuja con su fuerza de siglos,
emerge ardoroso y se le sale,
con lo guardado,
con lo que dura doliendo.
No, no es otro,
el indio soy yo,
a ver, repita conmigo.
Las líneas de ese otro libro que lees
te indican que no estás a salvo,
que no lo estarás nunca,
que nunca serás salvo.
Ni las flores adormecedoras,
ni los picos más altos, donde las banderas
ondean ese orgullo un poco tonto,
ni el mar que es todo deseo.
Nada, nada te salva.
No vuelvas a sintonizar el noticiero,
haz un graffiti en tu cuarto
que diga algo lindo o algo sucio,
pero que diga y ensucie esas paredes
que te conocen tanto.
Súbele el volumen a la música,
decídete a quemar ese libro,
viaja y llévate las cenizas
al sepulcro de Kafka.
que no lo estarás nunca,
que nunca serás salvo.
Ni las flores adormecedoras,
ni los picos más altos, donde las banderas
ondean ese orgullo un poco tonto,
ni el mar que es todo deseo.
Nada, nada te salva.
No vuelvas a sintonizar el noticiero,
haz un graffiti en tu cuarto
que diga algo lindo o algo sucio,
pero que diga y ensucie esas paredes
que te conocen tanto.
Súbele el volumen a la música,
decídete a quemar ese libro,
viaja y llévate las cenizas
al sepulcro de Kafka.
El animal que calla
se parece un poco a mí,
su charco de sangre,
su casi flotar en rojo
tiene algo mío.
Este animal ha sido molido,
duro le dieron
y ya no sé si es perro o pollo
o simple mártir o qué.
Todo lo que calló lo habla el asfalto,
lo hablan los que lo ven sin hacer nada,
lo dicen los que vomitan de verlo.
Algo tiene,
algo de mí le resplandece
en cada partícula que pasan arrebatando
las llantas.
su charco de sangre,
su casi flotar en rojo
tiene algo mío.
Este animal ha sido molido,
duro le dieron
y ya no sé si es perro o pollo
o simple mártir o qué.
Todo lo que calló lo habla el asfalto,
lo hablan los que lo ven sin hacer nada,
lo dicen los que vomitan de verlo.
Algo tiene,
algo de mí le resplandece
en cada partícula que pasan arrebatando
las llantas.
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